MONOGRÁFICOS LITERARIOS ANTES DE LAS VACACIONES

     Este curso escolar ha dado para mucho: hemos analizado poesía, hemos hecho debates interesantes, trabajamos comentarios críticos, hemos visto corrientes literarias y las hemos contrastado, hemos aprendido literatura y nos hemos divertido con ella. Ha sido un curso intenso pero muy productivo.      Nos vamos de vacaciones, pero antes de terminar los alumnos de Bachillerato han creado un monográfico sobre su parte literaria favorita y nos ha servido de repaso. En el caso de 1º de Bachillerrato B, Martín Dasilva habla del conflicto literario y personal entre Góngora y Quevedo;  Inés Sampayo, Manuel Limia, Pablo Blanco y Pablo Coello han hecho lo propio, pero esta vez el temas a elegir: el teatro del siglo XVII.     Os mostramos algunas fotos en donde se ve a los alumnos en su exposición.  Aún faltan algunos trabajos, por lo que no están todos los alumnos en estas fotografía. lo iremos ampliando conforme van realizando la exposición a lo largo de esta semana.   

Nada. CARMEN LAFORET. RESUMEN Y ESTUCTURA

RESUME EL SIGUIENTE TEXTO Y REALIZA UNA ESTRUCTURA.

Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran Estación de Francia y los grupos que estaban esperando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.



El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida.

Empecé a seguir –una gota entre la corriente- el rumbo de la masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado -porque estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación.

Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas, de establecimientos cerrados, de faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar (…) Recuerdo que, en pocos minutos, me quedé sola en la gran acera, porque la gente corría a coger los escasos taxis o luchaba por arracimarse en el tranvía.


Uno de esos viejos coches de caballos que han vuelto a surgir después de la guerra se detuvo delante de mí y lo tomé sin titubear, causando la envidia de un señor que se lanzaba detrás de él desesperado, agitando el sombrero. Corrí aquella noche, en el desvencijado vehículo, por anchas calles vacías y atravesé el corazón de la ciudad lleno de luz a toda hora, como yo quería que estuviese, en un viaje que me pareció corto y que para mí se cargaba de belleza.


Enfilamos la calle Aribau, donde vivían mis parientes, con sus plátanos llenos aquel octubre de espeso verdor y su silencio vívido de mil almas detrás de los balcones apagados. Las ruedas del coche levantaban una estela de ruido, que repercutía en mi cerebro. De improviso sentí crujir y balancearse todo el armatoste. Luego quedó inmóvil-

-Aquí es- dijo el cochero.

                                                                                                                           Nada, Carmen Laforet