CUENTOS CLÁSICOS: NUEVAS MIRADAS SIN ESTEREOTIPOS

Es increíble ver cómo los alumnos de 1º de ESO están desplegando su creatividad para reinventar cuentos clásicos con una perspectiva más igualitaria. Al modificar los roles en historias como La ratita presumida , Blancanieves , Caperucita Roja y La sirenita , no sólo exploran nuevas narrativas, sino que también desafían los estereotipos de género tradicionales. Esta actividad fomenta el pensamiento crítico y la empatía, ayudando a los estudiantes a comprender la importancia de la diversidad y la equidad en los relatos que compartimos. Además, al darles un giro moderno, estos cuentos conectan mejor con las experiencias actuales de los jóvenes, haciéndolos más relevantes y significativos. Han compartido su experiencia con entusiasmo y han puesto todo su empeño en este proyecto, destacando la creatividad como protagonista.  Basta con echar un vistazo a sus portadas para comprobarlo. Además, los títulos de sus versiones no tienen desperdicio: son originales y sorprendentes. Una vez má...

TEXTOS PERIODÍSTICOS. TRABAJO EN CASA. 1º BACHILLERATO

En ambos textos:

1.- Realiza la estructura de estos textos.
2.- Haz un resumen (2 ó 3 líneas)
3.- Redacta un comentario crítico siguiendo las pautas de coherencia y cohesión vistas en clase. (25 líneas)
4.- VOCABULARIO: Define y redacta una oración con las palabras subrayadas.
5.- Indica la unidad lingüística y la función sintáctica de las frases y palabras en cursiva.

TEXTO 1

AUTOESTIMA, ADOLESCENCIA Y SALUD

 Quererse a sí mismo, ni es egoísmo, ni es enfermizo; es un sentimiento fundamental. El amor a uno mismo es un sentimiento legítimo que nos motiva a fijarnos objetivos y metas, así como a procurar ser eficaces en la resolución de nuestros problemas y a establecer alianzas y vínculos sociales sanos.Cuando una persona se ama a sí misma, es capaz de demostrar sus cualidades, disfruta haciéndolo, se emplea al máximo y obtiene éxito. Los que observan ese comportamiento experimentan simpatía y quedan dispuestos a otorgar reconocimiento. La autoestima es fundamental en el crecimiento armónico de la salud humana. Burns definió autoestima como los éxitos divididos por las pretensiones. Por lo tanto, no es suficiente tener éxitos importantes para asegurar la autoestima si el denominador “pretensiones” es muy alto.
La persona que se desestima suele manifestar una autocrítica desmesurada y se siente especialmente atacada por las críticas de los demás. La unión de estos dos síntomas conlleva un estado de insatisfacción. La visualización es una técnica de creatividad imaginativa de escenas y secuencias positivas. Viéndonos en positivo podemos incrementar nuestra autoestima y cambiar la forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Date permiso para estar bien.
 La adolescencia es una etapa de la vida caracterizada por conflictos y dudas sobre el sentido de la identidad personal y de la autonomía. Se busca la aprobación externa, importa mucho lo que digan los demás. Según los expertos en trastornos de la conducta alimentaria, como anorexia y bulimia, la falta de autoestima es el principal factor predisponente de estas enfermedades.
Muchas veces, el hecho de no aceptarse a uno mismo viene provocado por la constante presión social, el culto a la delgadez, la moda, etc. Se asocia la imagen de la delgadez con la felicidad o éxito social. Nuestros jóvenes se autoimponen la necesidad de conseguir un cuerpo perfecto. Se produce entonces, como decíamos al principio, un problema de falta de autoestima porque las pretensiones son casi inalcanzables. Se reconoce abiertamente una mayor presión sociocultural sobre la imagen de la mujer.
Las consecuencias de la autoestima son la aceptación y respeto a uno mismo, formación y enriquecimiento propio. Esto supone una garantía de cuidado personal sano, diversión, desarrollo armónico, nuevas experiencias interesantes y curiosas, relaciones alegres y útiles...           
               
                      Federico Juárez Granados. Información 4 de abril de 2001

TEXTO 2

Jugar en la calle. Jugar en grupo. Esa es la actividad extraescolar que un grupo de educadores y psicólogos americanos han señalado como la asignatura pendiente en la educación actual de un niño. Parecería simple remediarlo. No lo es. La calle ya no es un sitio seguro en casi ninguna gran ciudad. La media que un niño americano pasa ante las numerosas pantallas que la vida le ofrece es hoy de siete horas y media. La de los niños españoles estaba en tres. Cualquiera de las dos cifras es una barbaridad. Cuando los expertos hablan de juego no se refieren a un juego de ordenador o una playstation ni tampoco al juego organizado por los padres, que en ocasiones se ven forzados a remediar la ausencia de otros niños. El juego más educativo sigue siendo aquel en que los niños han de luchar por el liderazgo o la colaboración, rivalizar o apoyarse, pelearse y hacer las paces para sobrevivir. Esto no significa que el ordenador sea una presencia nociva en sus vidas. Al contrario, es una insustituible herramienta de trabajo, pero en cuanto a ocio se refiere, el juego a la antigua sigue siendo el gran educador social. Leía ayer a Rodríguez Ibarra hablar de esa gente que teme a los ordenadores y relacionaba ese miedo con los derechos de propiedad intelectual. No comprendí muy bien la relación, porque es precisamente entre los trabajadores de la cultura (el técnico de sonido, el músico, el montador, el diseñador o el escritor) donde el ordenador se ha convertido en un instrumento fundamental. Pero conviene no convertir a las máquinas en objetos sagrados y, de momento, no hay nada comparable en la vida de un niño a un partidillo de fútbol en la calle, a las casitas o al churro-media-manga. Y esto nada tiene que ver con un terror a las pantallas sino con la defensa de un tipo de juego necesario para hacer de los niños seres sociales.
                                                                                                             
                                                                                                         Elvira Lindo, El País (12/01/2011)