CUENTOS CLÁSICOS: NUEVAS MIRADAS SIN ESTEREOTIPOS

Es increíble ver cómo los alumnos de 1º de ESO están desplegando su creatividad para reinventar cuentos clásicos con una perspectiva más igualitaria. Al modificar los roles en historias como La ratita presumida , Blancanieves , Caperucita Roja y La sirenita , no sólo exploran nuevas narrativas, sino que también desafían los estereotipos de género tradicionales. Esta actividad fomenta el pensamiento crítico y la empatía, ayudando a los estudiantes a comprender la importancia de la diversidad y la equidad en los relatos que compartimos. Además, al darles un giro moderno, estos cuentos conectan mejor con las experiencias actuales de los jóvenes, haciéndolos más relevantes y significativos. Han compartido su experiencia con entusiasmo y han puesto todo su empeño en este proyecto, destacando la creatividad como protagonista.  Basta con echar un vistazo a sus portadas para comprobarlo. Además, los títulos de sus versiones no tienen desperdicio: son originales y sorprendentes. Una vez má...

Deberías conocer...CARLOS BOUSOÑO, EL MAESTRO


 La etapa escolar es una etapa bastante decisiva en la vida de las personas donde los profesores tienen mucha más influencia de lo que puedan imaginar. Todos hemos tenido algún profesor al que llamamos maestro y recordamos con cariño o admiración, porque nos ha marcado positivamente.
La poeta y directora del instituto Cervantes, Luisa Castro, escribe sobre su maestro Carlos Bousoño, para él un profesor brillante e imprevisible, un ejemplo a seguir que ha despertado en ella su vocación profesional. Así lo describe:



Inolvidables clases
Llegaba a clase como un miura joven, levantando el aire. Era entonces, cuando tuve la suerte de tenerlo como profesor, un emérito de la Complutense, o estaba a punto de serlo. A veces, sin embargo, se anticipaba mucho, y estaba ya embebido en sus papeles y sus pensamientos cuando entrábamos, como si hubiera dormido en el aula aquella noche. Bousoño era brillante e imprevisible, ninguno de sus días era igual a otro, y miraba a los alumnos a los ojos uno por uno, los distinguía. Ir a sus clases era una fiesta porque, primero, sabías que para él también lo era, y segundo, jamás de los jamases te ibas a encontrar allí con el profesor envarado o represor que te recriminaba si llegabas tarde. Al contrario, te recibía con cariño, como al hijo pródigo.


Y encima era el que sabía demasiado. Sabía demasiado y en demasía (de la vida, del arte y de sus contemporáneos) y estaba allí para compartirlo. El aula era una reunión de compinches. Sus clases eran confidenciales. Un día vino con las fotos de Vicente Aleixandre de niño, y con sus cartas. “¿Lo veis?” nos decía, “¿no os dais cuenta que ese niño ya tenía en los ojos el brillo de la poesía?”. La foto del niño Aleixandre, con sus ojos cristalinos y un poco embozados como los de Rimbaud, pasaba de una mano a otra por la clase, mientras Bousoño, como una madre, esperaba nuestros comentarios. “Y la caligrafía, ¿no os dais cuenta? También su letra es ya la de un poeta.”
Más allá de las relaciones personales, lo que Bousoño amaba era la poesía. Ese era su lugar, su nación. Él era de un sitio, la Asturias occidental, en el que según sus teorías nacían con frecuencia personas muy inteligentes. Y se reía. Él sin duda lo era. Su propio ser irradiaba amor en clase.
Y terror: era ese momento en que posaba sus ojos en ti y te distinguía. Y te lanzaba la más personal de sus preguntas. No te interrogaba por lo que sabías de Aleixandre o Dámaso. Te preguntaba por ti, por tu vida.
Lo hacía con todos. Con todos y cada uno. No hablaba a un público, no se dirigía a un colectivo. Era un poeta. En las clases de Bousoño nos examinábamos de nosotros mismos.
 

Luisa Castro es poeta y directora del Instituto Cervantes de Nápoles

FUENTE:
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/25/actualidad/1445773843_355936.html