MONOGRÁFICOS LITERARIOS ANTES DE LAS VACACIONES

     Este curso escolar ha dado para mucho: hemos analizado poesía, hemos hecho debates interesantes, trabajamos comentarios críticos, hemos visto corrientes literarias y las hemos contrastado, hemos aprendido literatura y nos hemos divertido con ella. Ha sido un curso intenso pero muy productivo.      Nos vamos de vacaciones, pero antes de terminar los alumnos de Bachillerato han creado un monográfico sobre su parte literaria favorita y nos ha servido de repaso. En el caso de 1º de Bachillerrato B, Martín Dasilva habla del conflicto literario y personal entre Góngora y Quevedo;  Inés Sampayo, Manuel Limia, Pablo Blanco y Pablo Coello han hecho lo propio, pero esta vez el temas a elegir: el teatro del siglo XVII.     Os mostramos algunas fotos en donde se ve a los alumnos en su exposición.  Aún faltan algunos trabajos, por lo que no están todos los alumnos en estas fotografía. lo iremos ampliando conforme van realizando la exposición a lo largo de esta semana.   

Deberías conocer...CARLOS BOUSOÑO, EL MAESTRO


 La etapa escolar es una etapa bastante decisiva en la vida de las personas donde los profesores tienen mucha más influencia de lo que puedan imaginar. Todos hemos tenido algún profesor al que llamamos maestro y recordamos con cariño o admiración, porque nos ha marcado positivamente.
La poeta y directora del instituto Cervantes, Luisa Castro, escribe sobre su maestro Carlos Bousoño, para él un profesor brillante e imprevisible, un ejemplo a seguir que ha despertado en ella su vocación profesional. Así lo describe:



Inolvidables clases
Llegaba a clase como un miura joven, levantando el aire. Era entonces, cuando tuve la suerte de tenerlo como profesor, un emérito de la Complutense, o estaba a punto de serlo. A veces, sin embargo, se anticipaba mucho, y estaba ya embebido en sus papeles y sus pensamientos cuando entrábamos, como si hubiera dormido en el aula aquella noche. Bousoño era brillante e imprevisible, ninguno de sus días era igual a otro, y miraba a los alumnos a los ojos uno por uno, los distinguía. Ir a sus clases era una fiesta porque, primero, sabías que para él también lo era, y segundo, jamás de los jamases te ibas a encontrar allí con el profesor envarado o represor que te recriminaba si llegabas tarde. Al contrario, te recibía con cariño, como al hijo pródigo.


Y encima era el que sabía demasiado. Sabía demasiado y en demasía (de la vida, del arte y de sus contemporáneos) y estaba allí para compartirlo. El aula era una reunión de compinches. Sus clases eran confidenciales. Un día vino con las fotos de Vicente Aleixandre de niño, y con sus cartas. “¿Lo veis?” nos decía, “¿no os dais cuenta que ese niño ya tenía en los ojos el brillo de la poesía?”. La foto del niño Aleixandre, con sus ojos cristalinos y un poco embozados como los de Rimbaud, pasaba de una mano a otra por la clase, mientras Bousoño, como una madre, esperaba nuestros comentarios. “Y la caligrafía, ¿no os dais cuenta? También su letra es ya la de un poeta.”
Más allá de las relaciones personales, lo que Bousoño amaba era la poesía. Ese era su lugar, su nación. Él era de un sitio, la Asturias occidental, en el que según sus teorías nacían con frecuencia personas muy inteligentes. Y se reía. Él sin duda lo era. Su propio ser irradiaba amor en clase.
Y terror: era ese momento en que posaba sus ojos en ti y te distinguía. Y te lanzaba la más personal de sus preguntas. No te interrogaba por lo que sabías de Aleixandre o Dámaso. Te preguntaba por ti, por tu vida.
Lo hacía con todos. Con todos y cada uno. No hablaba a un público, no se dirigía a un colectivo. Era un poeta. En las clases de Bousoño nos examinábamos de nosotros mismos.
 

Luisa Castro es poeta y directora del Instituto Cervantes de Nápoles

FUENTE:
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/25/actualidad/1445773843_355936.html